Summer Evening

La luz verde caía sobre su cara. Tenía la cabeza gacha y el juego de sombras me obligaba a interpretar qué escondía su mueca.

—¿Has hablado con tu madre? Te pidió que le avisaras al llegar.

—No. Me he puesto a pensar en otras cosas y no me he acordado.

—Bueno. Sabes que puedes utilizar mi teléfono si quieres.

—No. Es igual. Llamaré mañana. Gracias.

Se instaló en nosotros un silencio expectante. Tenía miedo de romperlo para empeorar la situación, pero veía peor sentir cómo las horas se extinguían sin abrir la herida que permitiera vaciarnos del veneno.

—No tengas miedo de decirme lo que sea que te pasa por la cabeza— pareció adivinar mi mente antes de darme tiempo a articular palabra.

—El problema es que no sé muy bien qué te quiero decir. O, mejor dicho, cómo hacerlo.

—Siempre bajas la cabeza cuando hablas de algo importante.

—Supongo que me es más fácil. Intento concentrarme en un punto fijo y así dejo de pensar en cuanto me rodea.

—Ya.

—¿Sabes? Me gustaría que me hubiesen educado para afrontar la muerte como algo natural. En el momento en el que nacemos, ya estamos predispuestos a marcharnos— clavó en mí su mirada de antes de llorar—. Lo siento. Puedo parar, si quieres.

—No. Me gusta cuando eres así. Hoy es uno de esos días en los que tengo miedo de que todo acabe. Quizá, si te escucho, me tranquilice.

—O te rompas por completo.

—O me rompa por completo. Pero prefiero que me pase aquí, ahora que estás y puedo hacerlo en tu pecho.

Le acaricié el antebrazo mientras con la otra mano la envolvía intentando levantar una fortaleza invisible que nos protegiera de la madrugada y el canto de los grillos.

—Es cuestión de aprender a vivir con un vacío. Habrá veces en el que sea tan pequeño que casi ni lo notes. Otras, en cambio, pensarás que se te abre un abismo bajo los pies. Nadie ni nada te lo va a quitar. Pero eres fuerte.

—No sé si voy a poder yo sola.

—Nadie te pide que puedas tú sola. Deja que todo fluya y, cuando sientas que te ahogas, grita, que estaré detrás.

—Tienes razón en eso de que no nos enseñan a soportar la muerte. Muchas veces he entrado en pánico al pensar en cuándo llegará.

—El problema es que no aceptamos otra manera de irnos que no sea de puro agotamiento en la vejez profunda.

—Y, muchas veces, no es así.

—Bastantes. Lo peor es cuando duele más quien se queda. Somos seres absolutamente solitarios e impredecibles. Sobre todo, cuando nos arrancan de cuajo una parte inabarcable de nosotros mismos.

—¿Crees en una vida cíclica?

—A veces. Si saco mi lado más filosófico, podría plantearte mi teoría del porqué tenemos la sensación de haber vivido ciertas cosas antes. Pero hay un lado terrenal que siempre gana. Y, ahora mismo, no conozco una verdad más absoluta que la que nos garantiza que existimos solo en esta vida.

Me agarró fuerte de la mano, como si tuviese miedo de que la contundencia de lo que acababa de decir se llevase aquel momento por delante.

—Creo que, esta noche, voy a dormir muy bien.

—¿Has traído las pastillas?

—No. Las dejé aposta. Cuando estoy contigo, siento que descanso mejor.

—Bueno. Si no, mañana te echaré la culpa del sueño que tenga.

Por primera vez en muchas, vi una sonrisa sin forzar.

—Me voy a ver si descanso. Buenas noches.

—Buenas noches, niña. Descansa todo lo que puedas— le abracé y le di un beso en la frente.

—¿Vas a tardar?

—No. Pero cierra si quieres.

—No. Así te entra el remordimiento y vienes pronto.

Me quedé mirando cómo dejaba entornada la puerta. Vi a su sombra desvestirse y meterse en la cama. Fuera, no escuchaba más que el ritmo acelerado de mis latidos. Cómo iba a confesarle que tenía más miedo que nunca a que todo acabara. No quería ni pensar en verla o sentirla por última vez. Apagué la luz del porche para borrar el recuerdo que acababa de crear, entré y cerré la puerta justo antes de desvestirme y meterme en la cama para grabar a fuego y eternizar cada roce y palabra de lo que fuimos capaces aquella tarde de verano.

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