7:00

Ya no se oyen las olas detrás de las casas, solo caucho sobre asfalto empapado y el volumen de alguna televisión vecina que atraviesa paredes de papel. Aquí las noches son naranjas. La luz de las farolas apaga el negro y absorbe la infinidad de azules, violetas y grises que degradan hacia el horizonte. Tengo clavados en los pies kilómetros de arena de playa, el desgaste de unas suelas sin hogar y el estampado de la toalla en la que nos apoyábamos para no encharcar el suelo del baño. Si me explota el pecho, ya veré dónde encuentro el aire para seguir mirándote. El otoño no cura igual en interior que en la costa. El frío de la ciudad punza en los huesos al despertarme y no saberte en el lado deshecho y sobrante del colchón. Me incorporo por ver si el paisaje es diferente ahí fuera, pero las calles siguen con el haz de siempre y el despertador dispara la misma melodía en idéntico horario de lunes a viernes. En esta ducha el agua no resbala, se adhiere a cada recoveco de mi cuerpo intentando suplantar al rastro que dejó tu lengua. Los pasillos son más tristes sin el revuelo de tus pisadas y las estrellas huyen hacia donde las dejen ser ellas. Ahora que duermes y que la vida nos da una tregua, daría la mía por vivir en guerra constante con el aire desafiante, decidido y tierno que gastas. Sin trincheras y a lo bestia, tal y como me enseñaste.

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