Bailando en la hoguera del tiempo

—¿Qué crees que va a pasar?

—Sinceramente, no lo sé. Si tienen dos dedos de frente, verán todo el potencial que tienes y te llamarán —de verdad lo creía. Verla bailar era pausar el mundo para rebobinarlo y reanudarlo a cámara lenta una y otra vez.

—No sé. Tengo miedo. Es una oportunidad tan buena, que me jodería mucho perderla y volver a pelearme con la vida para ahorrar hasta que salga algo mejor.

—Escúchame. Si es por ti, nos partimos la cara con la vida si hace falta. No quiero que renuncies. Con otra persona quizá sería diferente, pero créeme cuando te digo que tienes lo necesario para brillar ahí arriba.

—Ya. Bueno, veremos qué pasa.

No soportaba la idea de verla con el alma apagada. Había suficientes tontos con suerte como para que la persona con más valor que había conocido se derrumbase así.

—Además. Que sepas que cuando te veo bailando esta pieza me pongo un poco.

—Eres idiota.

—Uno no es de piedra —por fin sonreía. —¡Eh! ¿Qué es eso que tienes en la cara? ¡Te veo los dientes!

Sus abrazos eran aire puro. A veces no hacía falta hablar. Solo estar y sentir cómo su pecho subía y bajaba cuando apoyaba su cabeza en mí. Puse el contacto del coche, pero sus manos me detuvieron antes de quitar el freno de mano y arrancar.

—No. Espera, por favor. Me apetece estar así un rato más.

—Bueno. Si me lo pides con esa carita.

Eran estos momentos los que me reconciliaban con el mundo. Daba igual que todo estuviera ardiendo ahí fuera o los infiernos que hubiese dentro de nosotros mismos. Nos paliábamos las heridas. Por muy profundos que fuesen los cortes, nuestra lengua siempre llegaba a la raíz para cicatrizar el daño.

—Pero, si me cogen, ¿qué va a pasar? Tú lo tienes todo aquí.

—Si te cogen, será un honor ir a verte actuar a cada maldita ciudad que pises. Es inútil que te plantees el lado negativo de todo lo bueno que esté por llegar.

—Me gustaría viajar mucho contigo.

—Quita ese condicional.

—¿Ahora tú me vienes con el modo imperativo?

—Y, si quieres, puedo anticiparte el futuro de lo que va a pasar en las próximas tres horas.

Otra vez su abrazo acariciándome la nostalgia y diciéndole que huya lejos.

—Me gustaría que todo fuese más fácil.

—Qué rollo, ¿no? O sea, ¿te refieres a ser de ese tipo de personas que cenan los sábados en restaurantes con servilletas de tela y se arreglan para justificar tener un armario lleno de ropa?

—Hablo en serio. Creo que nos complicamos mas de lo que necesitamos para vivir y ser felices.

—Y yo creo que complicándonos es como llegamos a una existencia plena.

—Me hubiese gustado disfrutar de las clases de filosofía. Pero no tuve suerte con el profesor.

—Pues como yo contigo.

No lo vi venir. Se revolvió sobre mis piernas y su puño fue a parar a mi brazo.

—Está feo agredir a tu chófer.

—Tú sí que eres feo.

No pude más que sonreír y jugar a clavar la mirada en la suya. Sentía como la distancia que había entre nosotros se volatilizaba. Fuimos dos trenes contrapuestos que, viendo venir el choque, nada hicieron por evitarlo. De la noche a la mañana aprendí que, a veces, no todo es cuestión de tiempo, sino de vínculo.

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