El árbol de la ciencia: Hemingway tenía razón

Portada El árbol de la ciencia 
(edición 2011)
  • Editorial: Alianza Editorial
  • Páginas: 248
  • Edición: 1969
  • Género: Narrativa
  • Autor: Pío Baroja

¡Hola, nómadas!

Hoy os hablo de una de las novelas trascendentales en la historia de nuestra literatura: El árbol de la ciencia, de Pío Baroja.

Sinopsis

En 1911, Pío Baroja publicó, bajo su propio criterio, su obra más completa. Acontecimientos ininterrumpidos, una gran variedad de personajes secundarios, el impresionismo descriptivo y la narración reflexiva de la sociedad española de la época conforman —y confirman— la técnica del escritor donostiarra.

En su trabajo, la razón y los instintos más descarnados nos invitan a contemplar la esencia de la vida de la mano de Andrés Hurtado, un estudiante de medicina incómodo con todo lo que ve a su alrededor.

Reseña – El árbol de la ciencia

«Daría mi Premio Nobel a cambio de poder escribir como usted.» Corría octubre de 1956 cuando Ernest Hemingway, en el lecho de muerte de Pío Baroja, homenajeaba con estas palabras al escritor guipuzcoano.

Es lógico pensar que, si alguien tan valorado por un servidor como el norteamericano elogiaba así a quien consideraba un maestro, este merecía la oportunidad de demostrarme si el bueno de Hem estaba o no en lo cierto.

El árbol de la ciencia crece sobre una narración centrada en mostrar, sin adornos ni florituras, la vida cotidiana española de principios de siglo XX. Para ello, se nutre de un vocabulario perfectamente hilvanado, donde cada intervención es una puntada que dota al relato de un realismo exquisito.

Esto hace posible un estilo directo en el que el patriotismo, junto a una mentalidad cerrada y el reflejo de la España provinciana se erigen como ejes sustentadores para el transcurso de la trama. Pero, lejos de brindarnos esta perspectiva desde una narración distante, Baroja canaliza su mensaje a través de las palabras que pone en boca de Andrés.

«El estudiante culto, aunque quisiera ver las cosas dentro de la realidad e intentara adquirir una idea clara de su país y del papel que representaba en el mundo, no podía. La acción de la cultura europea en España era realmente restringida y daban una idea incompleta de todo; la tendencia general era hacer creer que lo grande de España podía ser pequeño fuera de ella, y al contrario, por una especie de mala fe internacional.

Si en Francia o en Alemania no hablaban de las cosas de España, o hablaban de ellas en broma, era porque nos odiaban; teníamos aquí grandes hombres que producían la envidia de otros países.»

Pág. 13

Otro fiel testimonio de la sociedad expuesta es el machismo imperante. A ojos masculinos, la mujer no traía más que desgracias, cargas y penas innecesarias. Solo servía como objeto de mero goce sexual, para perpetuar el linaje familiar o como herramienta mediante la que enriquecerse sin pegar palo, llegando así a una existencia relajada y digna de su condición natural.

«Antoñito clasificaba a las mujeres en dos clases: una, las pobres, para divertirse, y otra, las ricas, para casarse con alguna de ellas por su dinero, a ser posible»

Pág. 54

Otra de las inquietudes que atormentan al protagonista es el sistema formativo. El lector encuentra en Andrés la figura de un estudiante escéptico ante la forma de enseñar que se imparte en las universidades, llevándole a una reflexión constante sobre el papel y la vocación de los profesores.

«—En mi tiempo pasaba lo mismo —dijo Iturrioz—. Los profesores no sirven más que para el embrutecimiento metódico de la juventud estudiosa. Es natural. El español todavía no sabe enseñar; es demasiado fanático, demasiado vago y casi siempre demasiado farsante. Los profesores no tienen más finalidad que cobrar su sueldo, y luego pescar pensiones para pasar el verano.
—Además, falta disciplina.
—Y otras muchas cosas. Pero, bueno, tú, ¿qué vas a hacer? ¿No te entusiasma visitar?
—No.
—Y entonces, ¿qué plan tienes?
—¿Plan personal? Ninguno.
—¡Demonio! ¿Tan pobre estás de proyectos?
—Sí, tengo uno: vivir con el máximo de independencia. En España, en general, no se paga el trabajo, sino la sumisión. Yo quisiera vivir del trabajo, no del favor.»

Pág. 124

Pero, si hay algo que distingue a la novela es la evolución de los personajes y la filosofía que sale a colación en cada diálogo. Los tormentos, los derroteros de la vida y la experiencia calan en el desarrollo de la personalidad de todo el elenco.

Destaco en este punto las conversaciones entre Andrés Hurtado y su tío Iturrioz. Ricas en todo lo que concierne al ser humano, estas divagaciones vienen a mostrar la lucha entre las dos facetas más identificables de nuestra especie: el instinto animal y el uso de la razón.

Cada intervención es un torrente reflexivo sobre el destino, el comportamiento ante nuestras pulsiones, la elección de nuestros pasos y los deseos y aspiraciones que nos acompañan durante el viaje.

« —¿Qué consecuencias pueden sacarse de todas esas vidas? — preguntó Andrés al final.
—Para mí la consecuencia es fácil —contestó Iturrioz, con el bote de agua en la mano—. Que la vida es una lucha constante, una cacería cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros. Plantas, microbios, animales.
—Sí, yo también he pensado en eso —repuso Andrés—; pero voy abandonando la idea. Primeramente el concepto de la lucha por la vida llevada así a los animales, a las plantas y hasta los minerales, como se hace muchas veces, no es más que un concepto antropomórfico; después, ¿qué lucha por la vida es la de ese hombre don Cleto, que se abstiene de combatir, o la de ese hermano Juan, que da su dinero a los enfermos?
—Te contestaré por partes —repuso Iturrioz, dejando el bote para regar; porque esas discusiones le apasionaban—. Tú me dices, este concepto de la lucha es un concepto antropomórfico. Claro, llamamos a todos los conflictos luchas, porque es la idea humana que más se aproxima a esa relación que para nosotros produce un vencedor y un vencido. Si no tuviéramos este concepto en el fondo, no hablaríamos de lucha.»

P.ag. 94-95

«—En eso estoy conforme —dijo Andrés—. La voluntad, el deseo de vivir, es tan fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión. A más comprender, corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una alucinación.»

Pág. 131

No. Hemingway no se equivocaba. El árbol de la ciencia viene a hablarnos de nuestras raíces, de las preguntas que nos acompañan y de la necesidad de entendernos a nosotros mismos para poder entender todo lo que nos rodea. Y lo hace de una manera sensacional.

Un comentario

  1. ¡Hola hola!

    Me ha encantado tu reseña. Hace muuuchos años que leí el libro y no por gusto: estaba en bachiller y me examinaba de él.
    Así que no recuerdo mucho de él y no pude disfrutar de su lectura porque era una imposición y no era mi momento para leerlo. Pero al ver tu entrada he recordado que tenía una espinita con esta obra y que sin duda me la quitaré más adelante cuando pueda releerlo.

    Gracias por compartir y reavivar las cenizas de una obra que creo indispensable en cada casa.

    Besotes 🙂

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