Qué fue del Marne

Normandía, 8 de junio de 1944:

Hoy más que nunca me acuerdo de aquellas vacaciones de 1936. Agosto llegó para sumirnos en su arrullo dulce. Las chicharras cantaban en la tarde en la que comprendimos que el mundo que dimos por cierto hasta ese verano era pasto de las llamas. La música dejó de sonar en la vieja Europa dando paso a un mutismo tenso y marcial.

Cada día que pasaba parecía una interminable cuenta atrás hacia un abismo feroz. En el sur, hermanos, amigos y vecinos dejaron de serlo en el momento en el que antepusieron sus ideales huecos al abrazo y el diálogo. El sonido de metralla reemplazó a la cadencia de los versos y la poesía buscaba refugio ante el terror. Al norte, la barbarie llegó al poder y blandía su ignorancia en pos de mentes y corazones rotos.

Y allí estábamos nosotros, en medio de aquel caos inexplicable a orillas del Marne, volando libres e ingenuos como pájaros en un zoológico. Precisamente por ser aquél un río testigo de muerte y dolor, todos los que nos congregamos a su alrededor no fuimos capaces de explicarnos el porqué de aquel disparate que amenazaba otra vez con el murmullo salvaje de los bombarderos. –La política no es más que una mentira que solo sirve para alejarnos de los nuestros–escuché decir a un hombre que rondaba los cincuen00 años de edad. Las horas se sucedieron entre comentarios y divagaciones intermitentes acerca de la situación socio-política de la época. Decidimos alejarnos, exhaustos, de aquel bucle innecesario de circunloquios.

– ¿Qué le pasa a la gente, Jacques? – me dijiste trémula– Me gustaría olvidar por un momento el dolor y la desgracia y disfrutar de esta tarde deliciosa.
– Me parece la mejor idea que he escuchado en mucho tiempo – celebré mientras posaba un beso en tu mejilla.
– Me encantaría que el mundo fuese poesía. Que no haya otros himnos que no sean cantos al amor verdadero.

Desde una perspectiva racional, era imposible pensar en una sociedad sin confrontaciones. Pero en ese instante, cuando me clavaste la mirada más dulce de la historia, hubiese jurado que nos encaminábamos a la paz absoluta.

– Creo que ahora mismo somos las personas más afortunadas de Europa.
– ¿Tú crees? – liberaste la brizna de hierba que tenías entre tus dedos para fijar en mí tus ojos infinitos una vez más.
– Si lo piensas, todos viven ya una guerra que no sabemos siquiera si llegará a producirse. Solo veo rostros compungidos y tensos que esperan el estallido inevitable. Las noticias no hacen más que proferir oráculos nefastos y parece que nos hayamos olvidado de la vida.
– Tienes razón. Todo se ha convertido en un ejercicio de supervivencia. Solo los niños tienen derecho a reír y saltar sin sentirse culpables.
– Los niños y nosotros – acaricié tu pelo suave y castaño a la vez que reposabas tu cabeza sobre el césped.

Cada minuto que pasé contigo fue un instante que le arrebatábamos a la parca.

– Esta noche me gustaría cenar fuera. Podríamos ir al café que tanto nos gusta.
– ¿Al de las ocasiones especiales? – Pregunté.
– ¡Sí! No hay mejor celebración que estar juntos, felices y libres. Vivamos el aquí y ahora,
Jacques. ¡Este tiempo no nos lo va a devolver nadie!
– Es la segunda mejor idea que he oído en mucho tiempo.

Fue así, entre risas, caricias y planes de presente, como grabé a fuego en mi memoria aquel día. Éramos demasiado jóvenes para digerir las miserias de la realidad. En apenas tres años, todo se precipitaría hacia una carrera interminable de armas y fuego enemigo cuyo fin era la devastación total.

Ahora escribo desde el Frente. Cada mañana, antes de salir al campo de batalla, doy las gracias a Dios por cuidar de mí y seguir creyendo en el milagro de volver a verte.

Audrey, si no nos volvemos a encontrar, en esta carta te entrego mi corazón y el testimonio de mi paso por la eternidad.

Siempre tuyo, Jacques.

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