Sin testigos

Sentían el aliento del tiempo pegado a sus talones.

Eran dos fugitivos que perseguían parar la marcha impetuosa del reloj. Las semanas avanzaban mientras esperaban a que llegara aquel instante en el que se perdían para encontrarse el uno al otro bajo la mirada trémula de las farolas. Durante cada noche, cuando la semana vislumbraba su final, jugaban a ser los dueños de sus destinos y se camuflaban con el resto de habitantes de la ciudad.

No eran soldados pertenecientes a bandos contrarios, ni tampoco una versión contemporánea de Bonnie and Clyde. Su guerra era otra; escondían sus sentimientos para evitar el juicio de valor de una sociedad carente de ellos.

Todo empezó en el momento en el que descubrieron que el amor no entiende de fechas, de momentos justos, de apariencias ni de etiquetas, sino de libertad. Una coincidencia hizo que, tras años sin verse, se volvieran a encontrar. El intercambiador suburbano en el que se despidieron fue el detonante de todo. Una mirada fugaz despertó en él la inquietud del que se supo enamorado. Desde entonces, un numen acechaba a escondidas cada madrugada de insomnio para acabar llenando de vida hojas vacías.

Su mundo se fue transformando. Las paredes bajo las que se refugiaba se agrietaron ante la embestida de un sentimiento que resurgió de manera improvisada y que no paró hasta derribarlo todo.

Todo menos ella.

– ¿Qué estás pensando? – Su voz le sacó del torbellino en el que estaba sumida su mente.

– En ti. En nosotros. En que quién nos iba a decir que acabaríamos sintiéndonos así. – Él contesto con un nudo en la garganta.

– Así, ¿cómo?

– No sé. Cuando estamos juntos siento que todo sobra; el mundo, las dudas, el miedo. Contigo he aprendido lo que es temblar sin sentir el frío.

No les hacía falta decir nada más. Madrid era testigo de múltiples historias cada día, pero ambos sabían que no había ninguna como la suya. Sus silencios llenaban de complicidad el aire. Entre ellos no había barrera que no se pudiese saltar con una mirada.

– Creo que ha llegado el momento. – Esta vez fue ella la primera en hablar.

– ¿A qué te refieres?

– A que es hora de cambiar las normas del juego. No me apetece seguir ocultando lo que sentimos. Quiero romper nuestras corazas y dejarlas olvidadas en este sitio. – Con sus manos señalaba un agujero imaginario en el suelo.

– ¿Estás segura?

– ¡Claro! Me da igual todo lo que hayamos pasado. Me da igual lo que digan los demás y a quienes hayamos dejado en el camino. Soy feliz, y lo soy porque, mientras crezco a tu lado, soy yo misma la que se identifica con la sonrisa que se refleja en el espejo.

Otra vez silencio. Otra vez sus miradas desafiando al paso del tiempo. Otra vez sus labios luchando por destruir la barrera que les separa. Otra vez dos ejércitos de mariposas batallando por hacerse con el control de sus cuerpos. Otra vez la ilusión, la adrenalina, el cosquilleo, las caricias y las ganas.

Y, por primera vez, la osadía de dar un paso al frente en un mundo que siempre anda mirando hacia atrás.

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3 comments

  1. Buen relato, Santi. ¡Escribes muy bien! Me alegra que hayas tomado la decisión de desempolvar algunos textos para compartirlos con tus lectores. Como has dicho en Twitter, lánzate y gasta el teclado en 2018. ¡Aquí estaré!

    Un abrazo.

    Me gusta

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