Miscelánea, Relatos

Trompetas en Dublín

Los copos de nieve me sorprenden mientras enfilo el final de una calle que se ilumina con las que serán las últimas luces antes de mañana. Me gusta pasear de noche. El mejor momento de mis días se produce cuando los demás se preparan para afrontar su rutina entre anhelos insaciables. Acaricio las aceras y me deslizo hasta llegar al único sitio en el que puedo desatar mi inspiración y dejarla volar libre.

Abro la puerta del pub y veo un cartel que me presenta con un texto: Esta noche, a partir de las 23:30, Kid Eloy en directo.

– Ya está aquí la estrella del momento. – Julia me da la bienvenida mientras carga con una ensalada para el viejo Joaquín.
– Sí. Pero creo que después de mi actuación viene tu monólogo, ¿no? – le respondo mientras levanto las cejas y miro hacia el anuncio de la entrada.

Cada anochecer toco la trompeta en el irlandés del barrio. Compagino mis estudios de diseño gráfico con el (escaso) dinero que recaudo en cada actuación. Todavía hoy me cuesta diferenciar qué vino antes, si mi pasión por el Jazz o mi primera palabra. En este hogar he conocido a gente de todo tipo. Pero, sin ninguna duda, Julia es mi debilidad. Personas como ella y Joaquín, el librero que me ha descubierto la fragilidad y la belleza del ser humano en cada lectura, hacen de mi vocación un lujo.

Los dos llegamos a la vez hace un par de años. Empecé a actuar cuando Joaquín descubrió que mi pasión se debatía entre las ensoñaciones de Miles Davis y los delirios pasionales de John Coltrane. Recuerdo que la primera vez que me subí a este escenario, por llamarlo de algún modo, Julia se estrenaba como camarera. Necesitaba el dinero para pagar el alquiler de su habitación. Un sueldo más que decente y los cinco minutos de distancia que había a su casa hicieron que no lo dudase a la hora de aceptar el puesto.

Desde el primer momento fuimos conscientes de la complicidad que había entre nosotros. Su aire de pequeña revolucionaria me cautivó. En ella no hay palabras vacías. Después de cada concierto cierra el bar solo para los dos. Entre pintas y patatas fritas solemos desnudar nuestras mentes hasta que por los altavoces suena Sleep on the floor. Lo hacemos así desde el día en el que me dijo que terminó la relación que tenía con su antigua pareja. Le pregunté el porqué justo en el momento en el que Wesley Schultz entonaba su primera estrofa. Sus lágrimas llenaron de eternidad los tres minutos y medio que dura la canción. Desde entonces, nos prometimos que, cuando llegase esta melodía, sabríamos que había llegado el instante de despedirnos hasta la noche siguiente.

El motivo de que mañana sea festivo ha animado a varios grupos de amigos a quedarse para verme tocar. Tras hora y media a solas con mi trompeta, he vuelto al calor de la realidad rodeado de aplausos que oscilaban entre la sinceridad más absoluta y la ingente cantidad de alcohol ingerida por mi público de hoy.

– Parece que les has caído bien – dice Joaquín mientras sigue con la vista a las mesas ocupadas.

Creo que, de todas las personas que hay en el mundo, él sería la única incapaz de criticar mis actuaciones.

– Las tres rondas que lleva cada uno encima también les han caído bien. – Cómo no, Julia aprovecha para hacer gala de su humor.

– ¿Otra vez volvéis a la carga?

Antes de que ninguno pueda responder, ella da media vuelta con una sonrisa dibujada en la cara mientras lleva otra bandeja repleta de jarras rebosantes.

– Hijo, en todos los ojos que he visto a lo largo de mi vida, pocas veces he encontrado miradas como la tuya. ¿Cuándo se lo piensas decir? – Si hay algo de lo que he aprendido, es que no puedes negarle el amor a un hombre que ha compartido viaje con la misma compañera hasta que el tiempo decidió interponerse entre los dos.

– No lo sé. No es tan fácil. Hace poco que ha salido de una relación en la que lo ha pasado mal. Todavía no quiere hablar de ello.

– Eloy, ha pasado casi un año. Tú no eres una venda que cubra su cicatriz. Tú eres la huella que la sustituye. La magia que hay entre vosotros es evidente. Si Julia está dolida no es porque haya sufrido en una relación insípida. No hay dolor más grande que ver pasar el tiempo mientras asimilas la cobardía de tus decisiones por puro conformismo. Sé valiente y salta. Pero no confíes en que ella esté abajo esperándote. Si lo haces, ella va a saltar contigo. Si caéis, vais a caer los dos. Pero te aseguro que no hay nada mejor como lanzarse al vacío y no sentir el suelo. Déjate llevar por sus pasos igual que ella lo hará con los tuyos. No hay nada tan gratificante como no preguntar por el final y disfrutar del camino improvisando.

Sus palabras son como olas que golpean mi inseguridad hasta arrastrarla y ahogarla en la inmensidad del océano. Miro el reloj y un ejército de sensaciones luchan en mi interior al ver que se acerca la hora del cierre.

Con las luces ya encendidas y los clientes más rezagados apurando sus consumiciones, Joaquín recoge su chaqueta. Tras despedirse hasta mañana, me dedica un intento de guiño mal disimulado.  Cuando veo su silueta desaparecer por la puerta siento cómo se abre otra; la de todas esas inquietudes que permanecían agazapadas para abalanzarse sobre mí a la vez.

No me ha costado despojarme de esa emoción nerviosa. Nunca he conocido a nadie como Julia. Su espíritu de mujer poesía, romántica y rebelde a partes iguales, ilumina caminos que creí reinados por quimeras y utopías.

Es inquietante ver (y sentir) cómo sus ojos hacen que me olvide de todo lo que gira a nuestro alrededor. Su voz baña mi paz interior y las horas son meras espectadoras del mundo paralelo que creamos cuando estamos a solas.

Pack yourself a toothbrush dear,

pack yourself a favorite blouse.

Take a withdrawal slip

Take all of your savings out

‘Cause if we don’t leave this town

We might never make it out

I was not born to drown

Baby come on.

– ¿Ya? – No pienso en mis palabras antes de lanzar al aire una pregunta cuya respuesta es evidente.

– Eloy, son las cuatro de la mañana. ¿Eres consciente de que llevamos hablando más de dos horas?

– Sí. Solo que… No sé. Sigo teniendo sed y podríamos aprovechar que mañana no tenemos que madrugar – Me sorprende lo rápido que he actuado. – Si quieres, puedo cambiar de canción.

– No. Déjala. Pero que sepas que eres la persona que más cara le echa a beber gratis. – Suelto una carcajada mientras ella se levanta para llenar nuestros vasos vacíos.

– Bueno. Y dime, ¿de qué has hablado antes con Joaquín? – Otra vez ese ejército de sensaciones trepando por mi alma.

– Antes, ¿cuándo? – Intento evitar lo inevitable.

– Después de tu actuación. – Esta no la evito.

– Oh, ya. De nada. Me recomendaba un libro que tengo que leer. – No me lo creo ni yo.

– ¿En serio? Pues me he fijado en tu cara y he visto infiernos mucho menos rojos. ¿Cómo se llamaba? – Va sin frenos contra mí.

– Esto, hmm…

– Eloy… – Me interrumpe mientras aproxima su silla – ¿Hasta cuándo vamos a seguir así?

A veces hay silencios que lo dicen todo. A veces la evidencia de las cosas es suficiente para invocar al destino.

Aguanto su mirada mientras una sonrisa nerviosa hace que me muerda el labio. Nunca nos he visto tan libres. Nos acercamos y, de repente, todo se torna calor y color.

No sé dónde dormiremos hoy. No sé si dormiremos siquiera. Hemos saltado. Y es alucinante hacerlo sin volver a sentir el peso del suelo bajo tus pies.

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