Miscelánea, Relatos

Volver a casa

Miro el reflejo que se dibuja en el cristal de la ventana y veo cómo la lluvia y el frío convierten las calles en pasillos abandonados. A estas horas la vida da una tregua mínima a cada habitante de la ciudad. Mientras, el pasado ha visto una puerta entreabierta y ha decidido hacerme compañía esta noche. En su eco todavía puedo escuchar el sonido de cada ovación cerrada que te dediqué cuando te entregabas a nosotros. A nuestra historia.

Fue tarde cuando nos dimos cuenta de que empezamos a escribirla demasiado pronto. Fueron seis años en los que pareció que septiembre no iba a llegar nunca. Nos vaciamos. Fuimos calor en febrero y libertad en cada rincón en el que nos refugiábamos. Estábamos en el ojo de un huracán que arrasaba con todo lo que encontraba a su paso. Nos creímos dueños de la situación. Pero el destino quiso que, de la noche a la mañana, nos viésemos sacudidos por la vorágine de su egoísmo.

Todo fue fugaz. Ambos sabíamos que iba a ser duro acostumbrar a nuestros sentimientos a una distancia de más de dos mil trescientos kilómetros. Aceptamos el reto y juramos vernos a menudo. Pero el calendario no entiende de promesas y nuestros encuentros se limitaron a intuirnos a través de una pantalla durante dos días a la semana. Nos quemamos en la impotencia de no poder hacer nada por volver al anhelo de algo que hicimos perfecto. Pero yo necesitaba el trabajo y tú no podías dejar escapar aquella oportunidad.

Por ello, y por nosotros, quedamos en tener la despedida que merecíamos. La vida está formada por todos esos instantes que quedan grabados a fuego en nuestra retina. El olor a tostadas mezclado con lágrimas de aquella mañana en Edimburgo es uno de ellos. Quisimos escribir juntos las últimas líneas de un final inesperado. No vimos el abismo de una carretera que creímos eterna. Caímos, y decidimos hacerlo juntos.

Rearmé el valor que me quedaba y enfilé el inicio de una nueva partida lejos de una ciudad que me ahogaba. Cada baldosa por la que pisaba nos recordaba. No podía obligar a mi corazón a batallar en una guerra ya perdida. Dejé Madrid atrás y el camino me llevó a la costa vasca. Vi en Portugalete el lugar perfecto para encontrar mi redención. No me costó mucho hacerme con un trabajo como recepcionista. Pedí el turno de noche, hecho que se convirtió en un gran aliciente para mi rápida contratación.

Empecé a escribir y a juntar las piezas del puzle que se había formado en mi mente. Fue así como supe que algún día dejarás de ser Candela para convertirte en la protagonista de la historia que nos vimos obligados a concluir.

El aviso del microondas me advierte de que mi taza de chocolate ya está lista. Dejo el cuaderno abierto mientras Bon Iver suena por el altavoz repitiendo su frase una y otra vez; I toured a light so many foreign roads.

Cuando vuelvo a mi puesto, veo la silueta de una persona apoyada sobre el mostrador de recepción. Juraría que nuestras reservas de hoy ya están cubiertas.

– Buenas noches. ¿Puedo ayudarle en algo?

– Sí. Creo que sí – me dice la desconocida mientras se gira para mirarme por primera vez.

De repente ha vuelto el vértigo. No recordaba el efecto que ejercen sus pupilas en mi paz interior. Siento que el incendio se va a desatar de un momento a otro. La nieve no ha sido suficiente como para acabar con las cenizas de algo que lo fue todo.

Allí está ella. De pie. Con su dulzura de siempre y esa sonrisa en la que caben todas las letras del mundo.

– ¿Desde cuándo eres tan tímido? – Dice mientras se acerca al lugar en el que el tiempo se ha detenido para mí.

– ¿Qué… haces aquí? – El nudo que se ha formado en mi garganta me impide hablar.

– Creo que eres tú quien debería responder a esa pregunta. ¿Por qué has hecho esto? – Sus ojos señalan la silla vacía en la que estaba sentado hace cinco minutos.

– ¿El qué? – Soy consciente de que mi respuesta no tiene sentido, pero necesito ganar tiempo.

– ¿Cómo que el qué? ¡Esto! – abre sus brazos intentando abarcar la estancia.

– Por necesidad. Cada paso era un ataque a la armadura de papel con la que me protegí. Tenía que irme lejos y empezar de cero o aquello iba a acabar conmigo – noto cómo un mar de sensaciones se asoma a mis ojos.

– Pero, ¿dejar todo atrás? Conseguiste todo lo que querías. Sé todo lo que luchaste para llegar al punto en el que estabas. ¡La editorial era tu sueño desde que nos conocimos!

– ¿De qué me sirvió? ¿Iba a ser feliz así? Todo dejó de tener sentido cuando te fuiste. La rutina se me clavó mientras las horas volaban ante mi indiferencia. Aquí he vuelto a hacerme dueño de mi camino. Escribiendo soy capaz de curar y cicatrizar la herida que nos dejamos. Pero ha dado la casualidad de que has vuelto a aparecer justo en el momento en el que el gris empezaba a desvanecerse – bajo la cabeza porque soy incapaz de aguantar el peso de su mirada.

– Espera, espera. ¿Crees que si estoy aquí es porque hemos coincidido? No, Juan. Volví hace dos meses a Madrid. Fui a buscarte y tu padre me dijo que lo habías dejado todo y te habías marchado. ¿Querías olvidarme? ¿Querías olvidar todo lo que hicimos? – Ahora es ella quien habla con la voz quebrada. – ¿De verdad hubieses sido capaz de ello? No puedo creer que quieras esto para el resto de tu vida. No quiero pensar que hayas dejado de vivir para sobrevivir y conformarte con lo que tienes. El azar no existe. Hay gente con suerte, pero si no te mueves por lo que te inquieta, verás pasar tus días como un espectador más sin darte la oportunidad de hacer de ellos algo único. Lo primero que hice en cuanto aterricé fue ir a tu puerta. Quería saber qué había sido de ti durante los tres años que estuvimos sin vernos. Tenía miedo de verte feliz y con otra compañía en tu viaje, pero necesitaba volver a sentirte cerca.

– Supongo que me olvidé de ser valiente. Me puse una venda alrededor de los ojos que me impidió afrontar la realidad. Pero tampoco pude hacer otra cosa. Intenté luchar contra el pasado, pero siempre acababa ganándome. Tenía miedo de verte mientras dormía y de despertar al lado de la soledad. Nunca he querido olvidarte. No me lo perdonaría. Necesitaba aire y alejarme de esa toxicidad.

– ¿Y bien? ¿Lo conseguiste?

A veces es necesario asimilar que no has sabido ver la curva y prepararte para el impacto. A veces solo basta con abrir los ojos y mirar a través de la venda que tú mismo te has colocado.

Mientras Candela descansa en mi habitación, soy consciente de que hoy hemos comprendido que lo que entendimos como un punto y final no era más que la parte previa a un epílogo que ahora está en nuestras manos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s